Hace poco, una profesional del área de la salud me dijo algo que se quedó conmigo.
Ella elogió mi disposición a hablar abiertamente sobre mis síntomas. Me comentó que conoce muchas personas, incluidas figuras públicas muy admiradas, que no pueden hacer eso. Personas que sostienen una imagen de fuerza y control y que, por eso mismo, tienen muy poco margen para mostrarse vulnerables.
Aquello me hizo pensar. Si hablar de lo que sentimos todavía es visto como coraje, entonces esconder sigue siendo la regla. Y eso tiene un costo.
Gran parte de nosotros aprende, desde temprano, a parecer bien. A mantener cierta coherencia emocional, a evitar contradicciones, a no “cargar” a los demás. Con el tiempo, esa adaptación se convierte en identidad. El problema aparece cuando esa identidad deja de ser flexible.
Cuando no hay espacio para el cansancio, la duda, la ansiedad, para todo aquello que no encaja con la imagen que construimos. En ese punto, lo que sentimos no desaparece. Cambia de forma. Puede aparecer como tensión en el cuerpo, irritación constante, ansiedad difusa, o como una sensación difícil de nombrar de desconexión con uno mismo.
Los síntomas, en ese sentido, no son solo algo que hay que eliminar. También pueden ser señales de que algo importante no está encontrando espacio para ser reconocido. Pero no es solo eso. A veces, lo que no aparece no está únicamente “sin espacio”. También está siendo evitado.
Pero hay algo más.El ego no solo organiza una imagen. También la defiende. Y, a veces, la defiende incluso a costa del propio bienestar. Porque reconocer ciertos aspectos de uno mismo no solo incomoda, también obliga a renunciar a la idea de quién se cree que es.
Y eso no siempre se está dispuesto a perder. Por eso, no todo lo que duele se abandona fácilmente. Hablar de esto no es exponerse demasiado. Es ampliar ese espacio. Es permitir que la experiencia pueda ser nombrada, pensada y, poco a poco, integrada, en lugar de quedar reducida a manifestaciones indirectas, como el estrés o el agotamiento.
Esto no significa decirlo todo a todos. Significa, antes, no tener que esconderlo de uno mismo. Y eso no siempre es simple. Sostener una imagen de estabilidad ofrece algo: reconocimiento, pertenencia, cierta seguridad en los vínculos. Por eso muchas personas evitan mostrarse vulnerables — no por superficialidad, sino porque hay algo en juego.
Aun así, cuando el silencio se vuelve la regla, el malestar encuentra otras formas de aparecer. Y muchas veces empieza a influir en decisiones, relaciones y elecciones sin que uno lo advierta. A lo largo de mi trabajo y también en mis libros en español, Fobia y Frustraciones, me encuentro una y otra vez con la misma pregunta:
¿qué hacemos con aquello que sentimos, pero no queremos reconocer?
En Fobia Afrontarla con Coraje, esto aparece en las evitaciones que, poco a poco, van reduciendo la vida. En Frustraciones Afrontarlas con Coraje, en el encuentro con el límite: con lo que no sale, con lo que no responde, con lo que obliga a revisar expectativas.
En ambos casos, no se trata de eliminar rápidamente el malestar. Se trata de aprender a escucharlo con más claridad. Porque, al final, la salud emocional no consiste en no tener síntomas. Consiste en no necesitar sostener, todo el tiempo, una versión de uno mismo en la que esos síntomas no deberían existir.